cerveza con amigos

confesiones antes de llegar a la cerveza artesana

Tu primera cerveza era rubia, quizás no fue la mejor pero siempre te acordarás de ella. Tenías muy pocos años, empezabas a salir con tus amigos y eso de pedirle a una chica que saliera contigo era algo complicado. Nada como coger un poco de valor y probar esa cerveza amarga que te recomendaban pero con la que decías “aggg que mala está”. Tus papilas gustativas aún no se habían acostumbrado a ese nuevo sabor pero a ti te daba igual. Lo único que querías era dar el primer paso y que no se te trabara la lengua cuando pidieras una cita a la chica que te gustaba.

El alcohol te daba esa sprint, ese plus, ese flow con el que te pensabas que eras el mejor orador del mundo (o era lo que te creías), el tío mas guay capaz de conquistarla.

grimbergen

Tu primer beso tuvo sabor a grimbergen. En aquel entonces no había tantos pubs que tuvieran cerveza de importación. Pensabas, “que guay que es esto”, un sabor afrutado, intenso, diferente. Bufff como subía. Aprendiste a tener respeto a las del resto de su familia como las judas, mort subite y demás y a saber que no todas las cervezas se bebían de igual forma. Mirabas a los guiris que paseaban por tu Barcelona natal y decías “no me extraña que puedan beber tanta cerveza de aquí”. Normal, la gradación no tiene nada que ver y nuestras cervezas siempre han sido un poco flojuchas.

No las de ahora, hemos aprendido con los años ;).

Salías con tus amigos cada noche, y el cuerpo aguantaba sin problemas, te relajabas en ese pub de noche, oscuro, tranquilo, con luz tenue y música de rock, tan diferente a los que habías conocido antes. Te estabas haciendo un poco mayor, aunque no demasiado, y disfrutabas con tu pinta de guinness negra. Te la servían en aquel vaso gigantesco de 40cl y te ponían un posavasos de marca a juego. Jugabas a los dardos con tus amigos y con un par de cervezas tenias suficiente ya que tenía cuerpo, era oscura, notas muy pronunciadas a café. A tus amigos les gustaban otras más habituales, pero no a ti al que también te gustaba la kilkenny tostada para las ocasiones especiales. Quizás es que fueras ya un bicho raro, nunca te sentíste así pero te encantaba que los demás lo pensaran.

volldamm-doble-o-nada

También salías a jugar al billar. Tus padres te habían regalado uno de pequeñito. Apuntabas a maneras y siempre ganabas. Los tíos chungos del bar que estaba junto al parque aquel de las vallas pintadas con graffity, en el que siempre iniciabas el sábado a las 18:00 de la tarde tu ansiado fin de semana, apostaban contra ti. “Quien pierda fuera y quien pierda paga”, y no, tú no salías nunca y corrías grave peligro (de salir con los pies por delante) antes de que llegará la siguiente etapa de la noche. Eso si, ahí no bebías nada. El billar requiere unas habilidades que la cerveza te quita. Al cesar lo que es del cesar ;). Pero eso si, para celebrar la victoria final una voll damm de esas de doble o nada (sin bola negra que colar).

Llego la universidad y uno de los días mas señalados era los de la paellada popular o de la telecogresca. En cualquiera de las dos acabarías rojo como una gamba sin excepción (faltaban en aquel entonces árboles en los campus universitarios) y un poco perjudicado con la cerveza de barril que allí se servía. No era muy recomendable para exámenes aunque había veces que te daba ese puntillo genial que más tarde descubrimos aquí científicamente el porqué se producía.

La juventud empieza a acabarse cuando ya los fines de semana te pesan un poco más de la cuenta y los lunes son como un poco difíciles de llevar. A partir de ahí bebes menos, buscas más calidad y sensaciones diferentes.

cerveza artesana malaqa

Pasaron muchos años antes de que conociera mi primera cerveza artesana. La compré por internet, fue por simple curiosidad y quise que fuera una cerveza trigo. Pasaron 2 horas después de haber puesto mis datos de la tarjeta de crédito en la tienda online y sonó el teléfono. “Lo siento pero nos hemos quedado sin stock, ¿quieres que te pongamos una ipa que de esa si que tenemos?”. Le dije que si, poniendo esa risa tonta de quién no tiene ni idea lo que está hablando y me quede igual que cuando fui a la feria de turismo y me hablaron de “los fiordos suecos” (ni flowers).

La sensación fue igual que aquella primera cerveza que me tomé cuando era joven. No me gustó nada. Pero pensé “algo han de tener cuando a tanta gente le encanta”, y dos días más tarde dije, “con lo que me han costado tendré que acabármelas”. Y si, a la segunda dije, “¡¡diosss!!”. El sabor me inundó la boca, noté sensaciones que nunca antes había sentido y dije, “ahora lo entiendo”.

Tomar una cerveza artesana puede resultar una experiencia verdaderamente maravillosa, pero tómate tu tiempo y aprende a entenderla porque te aseguramos que vale la pena.

Lo que tenemos claro es que siempre supone algo totalmente personal y propio de cada persona, descúbrela tu mismo en nuestra tienda online de cerveza artesana.

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